La subida a Alpe D’Huez

Ayer no pude ver en directo la subida a Alpe D’Huez, pues justo cuando los ciclistas iban a comenzar las duras rampas del mítico puerto, yo debía salir por la puerta en busca del tren que me llevase a la redacción de MARCA (donde, por cierto, me contaron que todos dejaron de teclear para animar a Sastre). Pero antes de partir hacia mi destino laboral, como movido por un pálpito, decidí poner a grabar el vídeo, porque estaba seguro de que sería una ascensión para el recuerdo. Aunque ayer viví la emoción de la subida final a través de la radio (admiro ese medio, pero en las etapas de ciclismo es muy difícil enterarse de todo), hoy la he visto en televisión.

Entre las impresiones de la naracción radiofónica de ayer y las de las crónicas de los periódicos de hoy, he encontrado algunos desajustes, por lo que he decidido juzgar por mí mismo. No había acuerdo entre la actitud de los hermanos Schleck, entre el objetivo de los ataques de Valverde. Así que saco mis propias conclusiones.

El ataque de Sastre fue fantástico. No meteórico, pero sí constante. A la segunda logró zafarse del resto. Pedalear en busca de la gloria. Para eso tuvo que mirar para atrás. La primera vez vio a Menchov, y paró. La segunda no vio nada, ni sol ni sombra, y se fue a coronar el puerto y a vestirse con una corona amarilla. Fue épico, y con 33 años. Cuando no hay un talento joven que sobresalga, la madurez se viste de experiencia para ganar.

Los hermanos Schleck estaban nerviosos, sí, pero no creo que en ningún momento quisieran perjudicar a Carlos Sastre. Cuando el abulense (así se define él, aunque nació en Leganés) estaba a tan sólo 20″, los luxemburgueses pensaban que podía convertirse en un puente para después llevarse al mayor de los hermanos para arriba. Por ese motivo estaban intentando salir del grupo y dejar fuera de combate a Evans y compañía. Cuando comprendieron que la distancia de Sastre era suficiente para volver a convertirlo en el jefe de filas, los hermanos salían a los ataques, pero sin resonder. Callaban a la rueda del que saltaba.

La misma actitud tuvo Valverde. Cuando la diferencia era pequeña, el murciano soñaba con saltar del grupo, marcharse con Sastre y ganar la etapa. Pero eso no es un deseo, son tres, y en el Tour no hay genios a más de dos mil metros de altura. Mejor dicho, ayer hubo uno, un gran genio, y se llama Carlos Sastre. Espero que ese genio logre su sueño, por el que ha dado pedales toda su vida, por el que lo ha sacrificado todo. Si gana, será un digno y merecido campeón. Si pierde el Tour en la contrarreloj contra Evans, en los Campos Eliseos brillará el mayor chuparruedas que ha parido madre.

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