Álvaro Arbeloa es, por encima de todo, un chico normal. Nació en Salamanca, se crió en Zaragoza y a los 18 años fichó por el juvenil del Real Madrid. Ascendió al Castilla y subió a Segunda, con Granero, De la Red y Negredo como compañeros. Jugó algunos minutos con el primer equipo y el Deportivo se lo llevó por 1,3 millones de euros.
Allí jugó todos los minutos hasta enero, cuando Rafa Benítez vino a por él. Allí aprendió inglés y a ser lateral izquierdo. Su versatilidad llamó la atención de Luis Aragonés, y Arbeloa ganó la Eurocopa. Del Bosque también confió en él para ir a la Copa Confederaciones. Y Florentino Pérez reservó cuatro millones de euros para ficharlo este verano.
Arbeloa, ese chico normal que mantiene a los amigos de la infancia, es un jugador de equipo. Siempre mira por el bien común y predica con el trabajo diario. Para Pellegrini es una bendición: puede jugar de lateral derecho, izquierdo o de central. Y siempre cumple.
Ayer recibió el premio del gol, su primero en el Madrid. Por su posición es complicado que marque goles, pero también por su bondad. Siempre mira al compañero mejor colocado. Eso lo saben los porteros y los defensas, pero él sabe adaptarse a esa corriente. Por ello, cuando en Chapín todos esperaban el pase a Higuaín, Arbeloa sorprendió a todos definiendo mejor que algunos nueves. Fue el triunfo de la gente trabajadora, de la gente normal, como Arbeloa.

¿Qué pasará con Cesc en el futuro? La lógica apunta a que acabará en el Barça más pronto que tarde. El Real Madrid también lo quiere. Verlo en la Liga sería grandioso, pero, sinceramente, creo que lo es más verlo triunfar en la Premier. Es emocionante ver a un español idolatrado por los ingleses, los inventores del fútbol. 



