La nevera no es la solución

El pasado domingo asistimos a un precedente peligroso. El árbitro Pérez Burrull se tragó un clarísimo penalti de Marchena (antes tampoco había visto uno de Banega a Reyes) y dejó seguir el juego durante 20 segundos. Hasta que no pudo aguantar la presión del público y el empujón de Assunçao.

El colegiado acabó acertando al pedirle consejo al cuarto árbitro, pero el problema es cómo llega el acierto. Si la grada no hubiera gritado con tanta virulencia y Assunçao no lo hubiera frenado, Pérez Burrull jamás habría señalado penalti. Por eso, a partir de ahora, las aficiones protestarán hasta lo que no sea, porque saben que los árbitros son influenciables desde la tribuna. Y si nos quejábamos de que los jugadores colaboraban poco con la tarea de los trencillas, menos lo harán ahora, pues han visto cómo basta con empujar al árbitro para que les haga caso.

La solución no es la nevera. Pérez Burrull se pasará un mes suspendido de empleo y sueldo, medida que no fomentará su profesionalidad. Los árbitros se vendieron a la Federación por cobrar algo más y dejaron de ser un organismo independiente. Ahora pagan las consecuencias de un mundo movido por el amiguismo, en el que la calidad no importa.

Lo del domingo fue un ejemplo más de la necesidad de introducir la tecnología en el mundo del fútbol. La prueba del quinto árbitro de la UEFA tampoco está funcionando (penalti no pitado por mano de Perea en el Galatasaray-Atlético). Con el ojo de halcón versión fútbol, ni jugadores ni aficiones podrían pitar penaltis. Sólo el árbitro, y con el vídeo como prueba irrefutable.

Tres puntos y un caído

Peligro: partido grande, avisaban algunos (yo entre ellos). No era para menos viendo los precedentes (Sevilla, Milan, Barça…). Y encima sin Cristiano y Kaká. Ante la ausencia de las grandes estrellas, el equipo se une y se conjura. No rehúye los golpes y se zafa bien en esos territorios sin ley. Jugando con su físico y con sus destellos de buen fútbol (o al menos aceptable), el Madrid asaltó Mestalla.

Higuaín volvió a demostrar que ya ha crecido y con esa madurez le ha venido la puntería afinada. Benzema no perdió su duelo con Villa, pues aunque no marcó, sí asistió y se movió por el ataque más de lo que acostumbraba. Y el centro del campo con Lass, Xabi, Marcelo y Van der Vaart (el holandés ayuda más que Kaká en esas tareas) fue muy superior. Uno de los dos peros lo puso Casillas, ayer un débil humano despistado.

El otro lo sufrió Pepe. El portugués se rompió el ligamento cruzado anterior de la rodilla derecha y estará seis meses de baja. Dice adiós a la temporada y al Mundial, salvo recuperación milagrosa. Es una pena, porque Pepe es un fijo de la zaga madridista, que ha recuperado cierto prestigio desde que él llegó. El Madrid ganó la dura batalla de Mestalla y Pepe fue el caído.


El genio incontrolable

Alguien debería llamar a la reflexión a Cristiano Ronaldo por sus tres errores de ayer: quedarse lamentando su fallo en el penalti en lugar de celebrar el gol de Benzema, quitarse la camiseta tras marcar el cuarto gol y autoexpulsarse a dos minutos del final con el partido ya ganado.

Si continúa con esa actitud egoísta, provocará que parte de su afición le dé la espalda. Primero está el conjunto, Cristiano. Si después de ir perdiendo 1-2, tu equipo remonta gracias al rechace de un penalti fallado por ti, debes ir a celebrarlo como el que más. Si marcas el gol que sentencia el partido, celébralo tirándote al suelo o dando tres vueltas al Bernabéu; ninguna de esas opciones está penada por el reglamento. Y si te hacen una falta, cáete al suelo, no la devuelvas, y menos cuando el árbitro está mirando.

Alguien debería sentarse y explicarle esto al portugués, porque hoy por hoy el Real Madrid es lo que sea Cristiano Ronaldo y poco más. El luso acapara todo lo bueno y lo malo que le pasa a su equipo. Por eso deberá vencer al genio incontrolable que lleva dentro. En Valencia no estarán ni el genio bueno ni el genio malo de Cristiano. Cualquier cosa puede salir de ahí.

¿Incita a la violencia?

El Valencia presentó hace unos días un vídeo de promoción del partido que disputará este sábado frente al Barcelona. En él, se pide a la afición que acuda a Mestalla para animar a sus jugadores frente al enemigo más poderoso mediante un montaje de comparación con la película 300. A mí me parece algo simpático y sin maldad.

Bien. Pues resulta que la Comisión Antiviolencia ha decidido prohibirlo (sí, censurarlo) por incitar a la violencia. Entonces, ¿por qué no prohíben la película, pues es igual de violenta? En fin, que los publicistas del patrocinador del Valencia han estado rápidos y ya han difundido una segunda versión, más simpática aún.

Cuarenta años marchando

Y consiguiendo medallas. Es Jesús Ángel García Bragado, un histórico de nuestro atletismo. En octubre cumplirá 40 años y hoy ha ganado la medalla de bronce en los 50 kilómetros marcha, la prueba en la que lo ha logrado todo.

Es impresionante que este madrileño afincado en Cataluña siga sacrificándose para dar logros a nuestro país. Está estudiando INEM, ha sido concejal de Lleída y su intención cuando deje de marchar es dedicarse a la política de forma más profesional. Podría haberlo dejado antes, pero su amor por este deporte no se lo permite.

Pretende decir adiós el próximo año, en los Europeos que tendrán lugar en Barcelona. Para entonces ya habrá cumplido los 40 y podrá irse con todo nuestro respeto y admiración. Un oro, dos platas y un bronce en los Mundiales, y una plata y un bronce en los Europeos figuran en su completo currículum. Además, es el atleta español con más Juegos Olímpicos a su espalda (cinco). Es el abuelete de nuestros atletas, que, hoy, 16 años después de proclamarse campeón del mundo, ha luchado como un jabato por una medalla de bronce. Y la ha conseguido.

Por cierto, este fin de semana tenemos Fórmula 1 en Valencia. Sería muy bueno que Fernando Alonso firmase una gran actuación. El gran circo está perdiendo tirón en nuestro país con los malos resultados que está teniendo el español este año. Seguro que el próximo, con el asturiano en Ferrari, vuelve la expectación. De momento, este año ya se han vendido 30.000 entradas menos que en 2008 para la carrera de Valencia. A ver si, por lo menos, Alonso hace un buen puesto, que ya toca este año…

Todos con Villa

El mundo del fútbol da muchas vueltas y acaba por ser hipócrita. David Villa quería irse del Valencia, su club lo quería vender y exigió un puñado de euros más de lo que le ofrecían para traspasarlo, pero al final seguirán su matrimonio tras una grave crisis de pareja.

Una vez que han comprendido que deben seguir compartiendo sus vidas, al menos una temporada más, ambas partes se han puesto de acuerdo para lavar la imagen del jugador y que la afición no vea en él a un apóstata. Primero, Emery y Baraja declararon que los labios de Villa nunca habían pronunciado la frase mágica: “Me quiero ir”. Y, ahora, Manuel Llorente, el que decidió rechazar las ofertas escandalosas de Madrid y Barça, dice que fue el club quien ordenó al asturiano buscarse una buena operación.

Así de inestable y de hipócrita es el fútbol. El club quería venderlo para hacer caja y el jugador quería dar el salto a un grande (y jugar la Champions, que no podrá hacerlo en el conjunto ché). Al final, el Valencia tensó demasiado la cuerda económica y Madrid y Barça escogieron otros intereses. Villa seguro que marca goles con el Valencia y los celebra alegremente, aunque seguro que habría preferido marcarlos vestido de blanco o de azulgrana. No quiso decir “me quiero ir”, pero en el Valencia intentan borrar la frase nunca dicha… Ahora, ‘Todos con Villa’.

Cobardes y peseteros

Todos sabemos que la mayoría de los jugadores de fútbol no destaca por el amor a una camiseta y sí a unos colores. Concretamente, al morado de los billetes de 500 euros. Hay excepciones, pero se cuentan con los dedos de una mano. Normalmente, son aquellos que se han criado en la cantera del equipo de su vida. Pues bien, los casos de Cazorla y Villa cumplen con el amor al poderoso caballero Don Dinero y juegan con la honradez de un club señor, como lo es el Real Madrid.

Antes que nada, hay que decir que el Villarreal y el Valencia han desempeñado el papel que les corresponde, que no es otro que defender lo que es suyo, pero realizando sacrificios que sólo el tiempo dirá si son justificados o no. Los jugadores y sus agentes son los auténticos chupasangre, los que exprimen a los clubes y dan esperanzas al que les pretende para después darle calabazas.

Después del follón que se han montado en torno a ambos jugadores, ahora resulta que los dos se quedan en sus equipos, eso sí, a cambio de una sustancial subida de sueldo. Pues yo les digo desde este rinconcito: ¡qué ingenuos! Sí, porque han dejado pasar una oportunidad que difícilmente se les vuelva a presentar. Han preferido el dinero, ganar más y quedarse cómodamente jugando en sus actuales equipos. Para mí son mediocres por su actitud. No se atreven a llegar a un gran club (el mejor del siglo XX) y pelear por un puesto en el once titular.

Pues en el Santiago Bernabéu no aceptan a nadie que se raje, a nadie que no sacrifique algo en su vida, a nadie que prefiera quedarse en casita al calor de la lumbre antes que hacerse dueño del universo. Para eso, que se queden en Vila-real y Valencia, respectivamente. Lo peor es que han jugado con el nombre del Real Madrid y han utilizado sus ofertas para conseguir que les suban el sueldo. Lo que yo digo, cobardes y peseteros.

Última semana

Quedan siete días para que se cierre el plazo de fichajes. Los equipos de Primera división apuran las últimas horas en busca de una ganga, de algún jugador que pueda mejorar su plantilla sin dañar demasiado el bolsillo. Hasta los que daban la plantilla por cerrada hace muy poco, ahora se plantean realizar alguna incorporación más, como es el caso del FC Barcelona, que busca un extremo zurdo. O del Atleti, que negocia por un mediocentro. O del Real Madrid, que a pesar de las declaraciones repetitivas de Calderón, ha realizado una oferta por Villa.

Según la Cadena SER, el Valencia rechazó anoche una primera oferta del Real Madrid por el delantero asturiano. Esta noticia me ha sorprendido, a la vez que me ha ilusionado. Me ha ilusionado porque si han comenzado los contactos, esto quiere decir que el Madrid hará bastante por traerse al Guaje. Y me ha sorprendido, porque después del partido de ayer ya me imaginaba a Calderón presumiendo de tener el mejor equipo del mundo, capaz de remontar con 9 jugadores un partido que tenía perdido.

Eso pensábamos todos después del partido en la redacción de MARCA. Entre los madridistas había confusión de sentimientos. Por un lado, queríamos ganar la Supercopa y vibramos con la segunda parte del equipo. Por otro, un gran partido de los blancos significaría cerrar la plantilla ipso facto. Los atléticos, por su parte, nos miraban incrédulos, porque no entienden que pidamos fichajes para este equipo. Lo de unos y lo de otros son síntomas de nerviosismo e incertidumbre, unos porque no pegan ojo debido al partido del miércoles, y otros porque no terminan de confiar en su plantilla. Para bien o para mal, las cábalas sobre fichajes terminarán en una semana.

Termina el partido…

… y empieza el estrés. Son las 12 de la noche. Acaba de terminar el partido Valencia-Real Madrid de la Supercopa, y la redacción de MARCA alcanza el máximo de revoluciones para cerrar el periódico a tiempo. A partir de ese momento, los que quedamos en el periódico tenemos una misión. Cada uno tiene que desempeñarla bien para que el resultado sea el mejor para los lectores.

Hay que rellenar seis páginas con el partido. Dos de crónicas y fotos, dos con las reacciones de los protagonistas, y otras dos con temas derivados del partido. Vamos. Llama el enviado especial a Valencia. Mandará la crónica en unos minutos. Llegan los de maquetación para ver cómo quieren las páginas. Así, así y así. OK. Llega la crónica. Uno se encarga de meterla, cortarla y titularla. Me llegan las primeras páginas. Corrijo y palante.

Llama el corresponsal en Valencia. Le pasan a un becario y le canta lo que han dicho los entrenadores en la rueda de prensa. Me llegan más páginas. Sobre Villa y Robinho. Uno que se luce y el otro que se apaga. Aparece el director por nuestro sitio para poner orden y énfasis en la portada. Pide la puntuación y exige cambios. Vuelven a llamar desde Valencia. Tenemos declaraciones de los futbolistas. A escribir y a imprimir. Las leo y les damos el visto bueno.

Ya queda poco. Puntúan a los jugadores (“¡un uno a Raúl, pero si no ha hecho nada!” o “Casillas ha cantado en el segundo y en el tercero, no podemos darle un dos”). Llegan las últimas páginas. Me doy cuenta de que a Javi García y a Diarrà le han cambiado el nombre por Garay. A Salgado le cambian de comunidad y le llaman cántabro. Menos mal. Hay risas aliviadas por encontrar los fallos a tiempo. A la 1.20, una hora y veinte minutos después de empezar a trabajar a todo trapo, por fin te dicen: “Campeón, ya no hay más, te puedes ir”. Y ese “campeón” hace que te sientas como el mismísimo Nadal después de ganar un oro olímpico.